José María Guzmán, de Solera y Cadillac: “El grupo se disolvió tras Eurovisión por tema de drogas”

  • El legendario cantante y bajista, de 71 años, sigue actuando en directo cuando en 2023 se cumple medio siglo del disco de Solera y en 2024, de ‘Señora azul’

  • Acaba de regresar a España tras actuar durante un mes en Nueva York en la obra de teatro ‘Mom’s playlist’

  • “Los Beatles me provocaron una detonación en el cerebro (...) Soy su hermano menor. Viví el nacimiento del pop, y todo lo que venía de fuera es lo que he mamado”, explica

“A lo mejor, si hubiéramos sabido que iba a repercutir tanto, habríamos hecho las cosas de otro modo. En aquel momento, hacíamos lo que sentíamos”, dice José María Guzmán (71). No, ni él ni Cánovas, Rodrigo y Adolfo podían saber en 1974 que estaban escribiendo una página de oro en la historia de la música española cuando entraron en el estudio a grabar 'Señora azul', disco mítico, cotizada joya de culto que en 2024 cumplirá cincuenta años. El que cumple medio siglo este 2023 es el único álbum que grabó con su anterior grupo, Solera, que contenía “Linda prima” y “Calles del viejo París”, de equiparable valor. Pero es que no hay año que Guzmán no tenga algo que conmemorar, tan vasta y diversa ha sido su carrera. Porque desde que empezase a tocar, cantar y componer a mediados de los sesenta, ha hecho de todo. Y cuando decimos “todo”, es todo.

Guzmán acaba de volver a Madrid después de actuar durante un mes en Nueva York en Mom’s playlist (Las canciones de mamá), una obra de teatro bilingüe con aderezo de canciones que él se encargaba de interpretar: clásicos de Nino Bravo, Julio Iglesias, Joan Manuel Serrat, Marisol…, además de “Yesterday”, de los Beatles, “Tomorrow”, del musical Annie, y “Today”, de John Denver. “Ya había estado en Nueva York, de hecho mi mujer es de allí”, explica, en referencia a su cuarta compañera sentimental. “Pero nunca tanto tiempo. Lo que es vivir y comer, como en España, en ningún lado. La pizza la hacen muy bien, no tanto como los perritos esos que te venden en puestos. Me aburría un poco y echaba de menos el café de aquí”.

En el tramo final de su estancia, y aprovechando la visita de su mujer, alquilaron un coche y fueron a Nashville, Baton Rouge y Memphis. “Por la carretera vimos pueblos destruidos por un tornado. Todo retorcido, incluso hierros. Un panorama desolador. Fuimos a Graceland, la casa de Elvis. En Nashville vimos algunos conciertos en bares, de grupos buenísimos, porque tocan lo que tienen que tocar, que es lo suyo. Es como si vas a un tablao flamenco en Andalucía: son todos geniales. Nosotros hemos aprendido a hacer música americana, igual que los japoneses han aprendido a hacer flamenco. Soy español, pero no he vivido la copla, no la he sentido, y he mirado hacia fuera. Porque soy hermano menor de los Beatles. Viví el nacimiento del pop, y todo lo que venía de fuera… los Beatles, los Kinks, los Hollies…, es lo que he mamado”.

Hay muchas cosas por las que Guzmán merece ser recordado: su papel fundamental en Solera y Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán; composiciones propias como “Calles del viejo París”, “Llegas de madrugada”, “Perdí mi oportunidad”, “El ascensor” (para Luz Casal)…; sus poco conocidos discos en solitario; la creación de Cadillac, con los que actuó en Eurovisión; sus grabaciones para celebérrimas campañas de publicidad; sus adaptaciones en castellano de canciones de películas, algunas ganadoras de Oscar en su versión original; su participación en musicales de incontestable éxito… Es bajista, guitarrista, flautista… Pero, por encima de todo, está su voz. Para muchos, la más bonita del pop español. Su timbre hermosísimo, sutilmente rasgado pero a la vez limpio, grácil, jovial —un rasgo genético, como el tener los ojos azules o el cabello rubio—, supera incluso su excelente técnica como cantante.

Los Beatles, sus maestros

No estudió cantó; sí solfeo y violoncello en el Conservatorio de Madrid. Creció en una familia de musical abolengo: su padre poseía un estudio de grabación en la capital, su tío era músico, su hermano mayor tocaba en un grupo de rock and roll y el transistor de su abuela, siempre sintonizando emisoras de música clásica, le procuró su primera epifanía sonora. “Tengo el recuerdo muy diáfano de estar escuchando el ‘Vals de las las flores’, de Tchaikovsky, en la parte que entran los cellos en tono menor, porque la pieza está en mayor, y a mí eso me afectó muchísimo. Tenía cinco años, estaba jugueteando por el pasillo, trasteando, como todos los niños, y eso me paró. Me hizo sentir algo, me hizo sensible a la música”, recuerda.

“Y cuando salieron los Beatles… provocó una detonación en el cerebro, en el sentido de: ‘Esto es algo diferente”, prosigue. “Han sido mis maestros: Paul McCartney, John Lennon, George Harrison… Su forma de hacer, de construir, incluso de comportarse. Eran muy humanos, muy cercanos, cosa que luego se ha perdido. Ahora hay muchos que van de distantes, de ‘habla con mi mánager’, ‘ahora no te firmo un autógrafo’… Ellos eran más llanos, y eso me gustó y me marcó”.

Con 14 años actuaba como bajista acompañando a Kurt Savoy, cantante y guitarrista muy popular en los sesenta gracias a su potente silbido. “A bordo de su furgoneta Volkswagen hippy nos hacíamos, por ejemplo, Madrid-Finisterre, a cuarenta por hora, en quince horas; sin calefacción; él, su mujer, Clarita Montes, francesa, que era la torero yeyé; el batería, yo, un perro y un mono que se defecaba. Hoy me parece una película de Fellini, en blanco y negro. Las vueltas, el batería y yo las hacíamos en autoestop: llegabas antes en camiones que en aquella furgoneta”. Este 8 de mayo, Guzmán y Kurt Savoy (nacido en 1948) volverán a coincidir sobre un escenario: el del teatro EDP de Madrid, como parte del concierto Vive los 60, 70 y 80, en el que también actuará Micky (1943), con quien el adolescente Guzmán se fogueó tocando el bajo y la flauta travesera.

No había cumplido los veinte cuando entró a formar parte del elenco de músicos de sesión del estudio de Hispavox, donde se esculpió el hoy estimadísimo “sonido Torrelaguna” (en el número 64 de esa calle madrileña se ubicaba) bajo el auspicio del productor Rafael Trabuccheli. Lo recuerda como “un estudio gigantesco, con un techo altísimo, que podía albergar una orquesta de noventa músicos y donde los técnicos iban vestidos como si fueran a operarte el riñón: con bata blanca y placa en la solapa”. Allí conoció a Mari Trini, Karina, Los Módulos, Miguel Ríos, Jeannette… y a otros que fueron cruciales en su carrera, como los hermanos José y Manuel Martín, que estaban grabando allí un álbum como dúo, y Rodrigo García.

De Solera a CRA&G

Guzmán y Rodrigo se hicieron buenos amigos. “Nos enamoramos a primera vista”, dice José María. Rafael Trabuccheli, al saber que ambos componían buenas canciones, les propuso grabar allí un disco. Recogiendo el guante, Guzmán y Rodrigo plantearon a Adolfo Rodríguez (Los Íberos) y Juan Robles Cánovas (Franklin), con quienes sentían acendrada afinidad, formar un grupo, pero los compromisos de estos con sus respectivas bandas lo imposibilitaron. Entonces Trabuchelli les sugirió que hicieran el disco con los hermanos Martín; nació Solera.

Solera (Guzmán, Rodrigo y los hermanos Martín) duró solo un año y publicó un único disco, homónimo (1973). Contiene dos clásicos incontestables del rock español: “Linda prima”, de Rodrigo, y “Calles del viejo París”, de Guzmán. “La compuse con 14 o 15 años y está dedicada a una novia que tuve en el bachillerato, Nines, que tenía mucha conexión con Francia, y con la que al final me casé, aunque duré dos meses. Todavía mantengo el contacto con ella; sigue en París”, explica. Un debut esperanzador que se frustó, según Guzmán, por el carácter de Rodrigo: “No aguantaba que los hermanos llegasen dos minutos tarde, cuando a lo mejor venían de fuera de Madrid”.

Rodrigo desertó y Guzmán se vio en la disyuntiva de seguir sus pasos o quedarse con los Martín. “Opté por Rodrigo. Craso error, porque Rodrigo dio muchos problemas desde el principio. Como músico y letrista es extraordinario, pero es muy complicado trabajar con él”, reprocha. Con Cánovas y Adolfo ya libres, crearon un nuevo cuarteto para el que al principio pensaron aprovechar el nombre de Solera, pero que ha pasado a la posteridad con otro: “Se me ocurrió que podíamos emplear nuestros nombres, como Crosby, Stills, Nash & Young: Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán. Y así fue”.

De modo que en 1974 vio la luz 'Señora azu'l, un disco cuya escucha aún provoca agudo deleite a la mayoría de aficionados veteranos a la música en este país. Aunque se repartían los instrumentos (Guzmán, el bajo y la flauta; Cánovas, la batería; Rodrigo, la guitarra y los teclados; Adolfo, la guitarra rítmica), el punto fuerte del álbum es el magistral ensamblaje de sus voces. Todos cantan y todos hacen armonías vocales. Todos contribuyen, además, con canciones. Guzmán aportó “El río”, “Si pudieras ver”, “Buscando una solución” y “Supremo director”. Y aunque el repertorio es exquisito de principio a fin, dos son las que más se recuerdan: la balada “Solo pienso en ti”, la crónica de un pintor enamorado de su modelo (y que comparte melodía con “Tiempo perdido”, de Solera), y “Señora azul”, una áspera bronca a los opinadores que critican sin saber; ambas firmadas en solitario por Rodrigo (aunque Guzmán canta esta última en su mayor parte).

Sin embargo, pese a su piélago de virtudes, el disco pasó inadvertido. “Comenzó a ser un éxito de cuatro a ocho años después, cuando la gente empieza a entender lo que hemos hecho. No porque fuera tonta, sino porque estaba en otra cosa. Era la época de los solistas: Camilo Sesto, Nino Bravo, los cantautores…”, sopesa Guzmán (que, ojo, tenía entonces solo 22 años). La frustrante acogida y los roces con Rodrigo (“nunca estaba de acuerdo en nada”) precipitaron la disolución del cuarteto al cabo de un año. Nunca se juntaron en directo para presentar el álbum; habría que esperar una década para verlos reunidos en dos nuevos discos, Queridos compañeros (1984) y 1985.

Décimo en Eurovisión

En 1986, Guzmán representó a España en el Festival de Eurovisión al frente del grupo que fundó como líder: Cadillac. Tras hacer la mili, tocar con Los Módulos (con Cánovas como batería) y publicar un single en solitario en 1977 (“Sentados en un café”), al que han seguido esporádicos elepés —el último, Re, salió en 2017—, había constituido en 1981 esta nueva formación en la que las voces volvían a desempeñar un papel estelar, sobre una base musical más del gusto de los ochenta.

“En los ochenta es como si abrieran la puerta del recreo y salieran todos como locos, de cualquier manera”, valora. “Vale todo. España necesitaba renovarse. Se abrieron todos los armarios, antes de existir Ikea. La gente que no sabe tocar, toca, y hace discos. Alaska y otros no sabían tocar, pero buscaban la cultura: escribían en fanzines… Tampoco nosotros sabíamos tocar cuando empezamos. Éramos un poco más mayores que Nacha Pop, Los Secretos… Coincidimos con la movida madrileña, pero estábamos a un lado. Nuestras letras pasan a ser más superficiales, porque todo era más superficial. Cada año pudimos sacar un disco…, porque no estaba Rodrigo”.

“En 1986 —continúa— nos escogieron para participar en Eurovisión, en Noruega, con un tema mío, ‘Valentino’. Quedamos en décima posición, ni chicha ni limoná; era raro ver a un grupo de pop español en el festival, pues casi siempre acudían solistas. A partir de ahí, Cadillac se disolvió, por tema de drogas. La droga es muy mala, separa a mucha gente, algunos mueren…”. Recientemente, Guzman ha reflotado la banda, “con otros músicos, que tocan muy bien y con los que me llevo fenomenal, que es lo más importante”.

Coros para otros artistas (Miguel Ríos, Mari Trini, Julio Iglesias), papeles en musicales como Godspell, The Rocky horror show o We will rock you, versiones en castellano de canciones de películas como Toy story, La bella y la bestia o Descubriendo a los Robinsons, cabeceras de series infantiles como Lazy town, y una intensa actividad publicitaria engrosan el prolífico expediente de Guzmán. Su voz es la que suena en anuncios legendarios como los de Farala (“Tenemos chica nueva en la oficina”), Kas (“Dame Kas”) o Gillette (“Lo mejor para el hombre”), entre otros muchos. “Llegaba a los estudios Sintonía, donde se grababan; allí me decían lo que tenía que hacer, lo cantaba y me iba”, dice.

La música que se hace ahora, en concreto el reggaetón, no le interesa. “Soy de otra escuela”, afirma. “Cuando en una actuación la música está pregrabada es como poner un CD. Yo necesito ver a un batería dando palos y a un bajista tocando las cuerdas gordas de su bajo. Pero un concierto que se basa solo en la escenografía, es bonito estéticamente, pero nada más. Estamos en la era de la imagen. Todo el mundo está con las pantallas, que ahora son planas, como el cerebro de la mayoría que está con ellas todo el día; y con el oído sordo. Debe de ser que soy mayor, y lo veo desde la onda romántica”.

En la actualidad sigue actuando solo, en formato acústico, a dúo (con el hijo de Cánovas al piano) o con alguna de las bandas en las que participa (Cadillac, Los Hobbies), unas cuatro o cinco veces al mes, por toda España. Tras la deserción Rodrigo, y con Cánovas en delicado estado de salud, Adolfo y él siguen compartiendo tablas en contadas ocasiones. De sus dos hijos, Óscar (35), ingeniero de sonido, es quien ha continuado la tradición familiar en la música; Abel, de 45, es diseñador y artista plástico. Cuando José María se siente optimista, regresa la inspiración; coge su guitarra y vuelve a componer. “Seguir creando música me hace feliz. Cuando no tenga voz, dejaré de cantar, pero seguiré tocando”, sentencia.