"Terminas muerto, pero contento": la vida a los 50 en una orquesta de verano tras el golpe de la pandemia

  • La pandemia las hundió en 2020, y este 2021 no se presenta halagüeño para las tradicionales formaciones que animan verbenas populares

  • Aparte de las férreas medidas por el covid, el auge de los grupos de tributo y los DJ amenaza esta sacrificada profesión

  • Joaquín (56), líder de La Orquesta Luz de Gas, y Chema (54), fundador de La Orquesta de la Luna, nos cuentan cómo es la vida en la carretera a partir de cierta edad

Garantes de alegría, las orquestas de verano forman, junto con las peñas, el pregón y la romería, el plasma sanguíneo de toda fiesta patronal que se precie. Aúnan no antiguo y lo nuevo; lo mismo te tocan un pasodoble que replican con escrupulosa maestría el último éxito del reguetón, complaciendo así a mayores, jóvenes y niños. Constituyen una arraigada tradición de nuestro país -unas 400 hay censadas-, que sin embargo a causa de la pandemia se ha extirpado de nuestras vacaciones. En 2020 su actividad fue prácticamente nula, y este 2021, a pesar de la menor incidencia del covid, los augurios no son mejores. En sus filas se mezcla savia nueva con talento experimentado. Hablamos con dos veteranos músicos para que nos cuenten cómo están viviendo la crisis y, en general, cómo es formar parte de un combo estival cuando ya se han cumplido los 50.

Joaquín (56) es fundador y teclista de la Orquesta Luz de Gas, formación madrileña que tiene en su comunidad y en Castilla y León su hoja de ruta habitual. "El año pasado hicimos más conciertos que la Orquesta Panorama. Ellos no hicieron ninguno y nosotros, uno", bromea con desgana. La gallega Orquesta Panorama es la gran institución nacional de este ameno sector. "No hubo otras posibilidades", añade.

"Este año es un sí pero no"

En marzo de 2019, la Orquesta de la Luna tenía firmadas 60 galas para ese verano. Unos meses antes habían comprado un equipo nuevo. De pronto, les dijeron que no podían tocar. "Y así seguimos", dice Chema (54), batería y fundador de esta agrupación abulense de excelente fama en toda la zona centro del país. "Este año es un sí pero no. Comprendo que es difícil: en las fiestas la gente bebe, baila, se abraza, se besa… A día de hoy no tenemos ninguna fecha. Espero que salgan algunas para agosto y septiembre".

Pese al parón hay que seguir pagando hipotecas, y muchos profesionales del gremio han tenido que buscar alternativas laborales para afrontar el declive. Tanto Chema como Joaquín compaginan su trabajo orquestal con otras tareas, y desde hace un año no han tenido más remedio que priorizar estas últimas. Chema es comerciante; Joaquín, profesor de música en un colegio del barrio madrileño de Ventas. Ambos confiaban en que sus agendas volverían a llenarse de bolos para este verano, pero ya inmersos en la temporada estival comprueban angustiados que apenas hay movimiento.

"Algunas agencias nos llamaban para ver si seguíamos existiendo como orquesta", cuenta Joaquín. Los ayuntamientos, se queja, están incluyendo cláusulas que permiten cancelar conciertos sin pago de anticipos; considera algunas medidas sanitarias, como los aforos limitados, incompatibles con la idiosincrasia verbenera. "Esto no es un concierto donde se venden entradas", señala. "¿Cómo le dices a la gente que debe quedarse fuera?". El 19 de junio, seis orquestas actuaron en seis concellos gallegos a modo de experimento, bajo estrictas normas de seguridad; del balance del ensayo -pendiente de publicar cuando se escriben estas líneas- dependerá en gran medida la actividad esta temporada.

Iniciativas de menor riesgo

A finales de ese mes, la Orquesta Luz de Gas solo tiene dos actuaciones contratadas para agosto. Antaño, en un buen verano podía cerrar 50 actuaciones de mayo a octubre. "A estas alturas, ¿vamos a pasar de dos conciertos a treinta?", se pregunta incrédulo Joaquín.

Los organizadores optan por iniciativas de menor riesgo, como programar semanas de cine o contratar a grupos de tributo, que actúan ante público sentado. El formato de DJ que aparece con su mesa portátil, su ordenador y sus listas de Spotify, que desde hace años compite con el de la música en directo, supone cada vez más una seria competencia. "Por mucho menos dinero empiezan a las 11 y a las 6 de la mañana siguiente poniendo discos", lamenta Joaquín.

Como si se hubieran puesto de acuerdo, Joaquín y Chema coinciden en un aciago presentimiento. "Me da miedo de que se cree un precedente peligroso. Soy pesimista", confiesa el líder del grupo madrileño. "Tengo miedo. Llevamos una infraestructura de la hostia y necesitamos un presupuesto grande. Si ahora con estos grupos de tributo se reducen… Sería una pena", valora Chema. Temen que las ferias de verano nunca vuelvan a ser como eran. Y ¿cómo eran?

Joaquín: "No hay nada comparable al aplauso en la plaza"

Los inicios de Joaquín en la música siguen el patrón de lo tópico. De joven quiso abrirse paso como intérprete de sus propias canciones, y llegó a entrar en tratos con Miguel Ángel Arenas, "Capi", legendario descubridor de Pecos y Alejandro Sanz, entre otros. No prosperó, pero como ansiaba convertirse en animal de escenario, eligió el mundo de las orquestas populares. Fundó la suya propia (Orquesta Luz de Gas) hace 15 años. En este tiempo ha visto cómo se incrementaba la cifra de bandas. "Las grandes siguen siendo las mismas, pero de las pequeñas cada año hay más. Los avances tecnológicos permiten que un grupo de tres o cuatro músicos, con bases secuenciadas, ofrezca un buen espectáculo", explica.

Luz de Gas es una orquesta pequeña, integrada por cuatro músicos con la incorporación puntual -si las dimensiones del escenario y el presupuesto lo permiten- de un cuerpo de baile. Ellos mismos conducen de una ciudad a otra; ellos montan y desmontan su equipo de sonido. "Lo que te mata es el montaje", asegura. "En esta película somos actores, directores… Todo. Llega al pueblo a las seis de la tarde. Tienes tres horas para montar; pruebas sonido, dispones una hora para cenar… Te cambias en los sitios más dispares: en una casa de la cultura o en la furgoneta".

"Hace años —prosigue— se empezaba a tocar a las diez de la noche. Ahora no es hasta las doce o la una cuando salimos al escenario. Eso descarta a cierto público. Un señor mayor, el fin de semana que tiene para bailar con su señora es el de las fiestas de su pueblo. Con estos horarios, no puede. Es una pena, sufro con eso". A diferencia de los conciertos de los grupos de pop y rock, los suyos duran de tres horas y media a cuatro. "Y si está gustando, no te puedes despedir sin más, hay que alargarlo", dice. Hasta las cuatro de la mañana trabajan a destajo. Recogen, duermen algo, y vuelta a empezar. "En agosto, la constante es encadenar varios conciertos. Hemos hecho del tirón Riaño (en el norte de León) y Chinchón (en el sur de la Comunidad de Madrid). El cansancio ya no es el dormir poco. Estás en tensión en el escenario, pendiente del ánimo del público…", señala.

Con todo y con eso, su cometido empieza meses antes, cuando inauguran los ensayos. Pulen el repertorio habitual y enlistan los éxitos del momento. "La temporada termina sobre el día del Pilar [12 de octubre]. Nos tomamos 15 días de descanso y en noviembre empezamos a vernos y a planificar. Ensayamos todos los fines de semana. Tienes preparados pasodobles, rancheras… Aún no se saben los temas del verano, que debes incluirlos sí o sí. Eso hasta mayo no se conoce. No puedes hacer una fiesta sin un tema de esos. Hacemos música de los sesenta, los setenta, los ochenta… Para todos los públicos", describe.

A pesar de los rigores de su trabajo, Joaquín resiste victorioso aun estando más cerca de los 60 que de los 50. "El cansancio se va acumulando", dice. "Pero no sé si es la adrenalina, que puedes salir del paso. Termina la temporada y estás muerto, pero contento. No hay nada comparable al aplauso en la plaza. Mi familia está como loca para que lo deje. Pero sigues porque te gusta. Aunque hay cosas malas, hay otras buenas. Pero tienes el fantasma llamando a la puerta: ¿hasta cuándo podré seguir? Va a ser una decisión que para mí no es cómoda. Espero postergarla lo más posible. No fumo, hago ejercicio, como bien, y físicamente estoy muy bien. La cervecita de después de terminar es innegociable. El último día eres el tío más feliz del mundo: has superado la prueba".

Las familias respetan sus peculiares horarios; los hijos, testigos de las fatigas, prefieren dedicare a otra cosa. "Ven que pasas mucho tiempo fuera de casa, que llegas muerto, que echas horas de carretera con el riesgo que implica, que a veces no regresas contento porque ha habido algún problema… No quieren seguir para nada nuestros pasos. Los hijos lo sufren", dice Joaquín. Y, pese a todo, le sigue compensando: "Aquí hay pasión. Lo nuestro tiene mucho mérito: un artista consagrado sale con el público ganado; a nosotros los primeros veinte minutos nos están analizando. Partimos siempre de cero. Pero es una profesión muy bonita. Cuando sale bien y le gente te felicita, no cabes en la furgoneta de gozo. Es la gloria".

Chema: "Hacer disfrutar a la gente aporta una felicidad enorme"

La Orquesta de la Luna, con base de operaciones en Ávila, funciona desde hace 27 años. Es una formación grande: diez músicos, cuatro técnicos de montaje, un tráiler, pantallas de LED. Su batería, Chema, lleva 31 años en el oficio, que eligió por influjo familiar. "En mi casa, mi padre y mi hermano eran músicos. Mis tíos y primos también. Del palo de la fiesta popular. Lo mamé y así seguimos. Siempre hemos tenido orquestas", relata.

Le sobra currículum para poder definir esta profesión como "muy, muy dura". Entre mayo y octubre, su calendario no suele bajar de 60 conciertos, más apretados en agosto y septiembre. "Aparte de las galas, conlleva un esfuerzo muy grande detrás", sostiene. "Al final estamos todo el año liados. Comenzamos a ensayar en noviembre y así nos tiramos todo el invierno. Son horas y horas de ensayos y de estudio. La carretera es muy dura, se hacen muchos kilómetros. Nuestra infraestructura lleva su trabajo".

Después de toda una vida dedicada a los escenarios, aún se siente en forma. "Tienes que cuidarte, porque es duro. Hacer un poco de deporte, cuidar lo que comes…, pero tampoco especialmente. Es más que nada guiarse por sentido común. He tenido compañeros con sesenta y eran la hostia". Pero, al mismo tiempo, es consciente de que la vida laboral de un músico de orquestas termina antes que la de cualquier otro trabajador. "Es mi pasión. Pero a medida que voy cumpliendo años noto que me apetece menos. Supongo que es ley de vida. Te van apeteciendo otras cosas. Se vive muy de noche. El público por momentos está formado por chavales, y te sientes un poco desplazado. Lo he ido asumiendo. Al final el tiempo te va poniendo en tu sitio".

Y pese a los kilómetros, los sudores, los cientos de horas de ensayos, el estrés de los conciertos…, el balance siempre es positivo. Se resume en una idea: sentir que el público está gozando con su música no tiene precio. "Estás arriba en el escenario y ves disfrutar a la gente y sinceramente, parece mentira, el que no lo haya vivido no lo entenderá, pero da una felicidad enorme", dice emocionado Chema. "Es muy vocacional. Te tiene que gustar. Merece la pena".