Luis Zueco, el escritor que rehabilitó un castillo para vivir en él: "No sé si hay fantasmas, pero sí leyendas"

  • Su tío, Manuel Giménez, compró primero el de Bulbuente y luego el de Grisel, los dos en Zaragoza, para rehabilitarlos

  • Desde los ocho años, el novelista siguió el proceso de restauración y antes de acabar las obras se mudó a uno de ellos

  • Vive con su mujer y su hija y se inspira en ellos para escribir sus exitosas novelas medievales

Luis Zueco es ingeniero, historiador, escritor best seller y habitante de un castillo. Por el éxito de sus libros de ciencia ficción, se le ha rebautizado como el Ken Follet español, aunque más bien diríamos que esta amalgama de saberes y circunstancias hacen de él una especie de polímata renacentista con su propio castillo. Su residencia habitual es el de Bulbuente (Zaragoza), pero no por una excentricidad. Él mismo nos cuenta su historia y sus razones para haber elegido este estilo de vida.

El castillo de Bulbuente es un conjunto histórico medieval que hoy ofrece todas las comodidades para un hombre del siglo XXI, como es él. "Después de la desamortización de Mendizábal, en 1846, se subastó dividido en cinco lotes diferentes, aparte de los territorios que pertenecían al Señorío de Veruela en la comarca del Campo de Borja, donde él nació. El castillo palacio quedó fragmentado y a lo largo del siglo XX vivieron diferentes familias bulbuentinas. En 2012, mi tío, Manuel Giménez, se lo compró a la última familia que todavía residía en el palacio y comenzó su rehabilitación", nos cuenta el escritor.

El sueño hecho realidad de su tío

Su tío Manuel es el auténtico artífice de todo esto. Igual que Zueco, nació en Borja y desde niño se interesó por la historia, el arte y nuestro patrimonio. "Con apenas treinta años compró el castillo de Grisel, también en Zaragoza, y dedicó 30 años a su restauración. Después adquirió el de Bulbuente, también semiderruido, y de nuevo lo rescató de su inminente desaparición. Tras ocho años de trabajo y mucha inversión, lo abrió como alojamiento rural".

Tío y sobrino fueron descubriendo la historia de estas fortalezas según iban reconstruyéndolas, no sin las dificultades que fueron surgiendo en un desafío de tal envergadura, según nos indica Zueco. "Mi tío Manuel contactó con arquitectos, arqueólogos e historiadores para rediseñar las estructuras y los espacios salvando la esencia y el patrimonio".

Una vida de novela

A la vera de su tío desde los ocho años, era inevitable que se apasionase igualmente por la historia y los castillos. En su caso plasmó esa pasión en la literatura. La fortaleza de Bulbuente no es solo un edificio histórico recuperado y habilitado como alojamiento con encanto siguiendo las exigentes normas del Régimen general de protección del Patrimonio Histórico, es su espacio de trabajo. Inigualable para ambientar o inspirar su obra literaria. Es fácil imaginarle recorriendo los salones en los que se ofrecieron tantos banquetes a la nobleza y donde se celebraban recitales de poesía o espectáculos de danza, música y teatro. Igual que un caballero de la época, un noble, un rey o cualquier otra persona de las que lo habitaban.

De aquí ha salido 'El tablero de la reina', una novela ambientada en el siglo XV que le ha permitido descubrir que las reglas modernas del ajedrez son españolas, aunque la cultura del ajedrez y su nobleza, como cualquier otra curiosidad, ya le venían de pequeño. Los castillos están también presentes en su trilogía sobre la Edad Media, formada por 'El monasterio', una novela que arranca al terminar la Guerra de los Dos Pedros; 'El castillo', con la que consiguió el premio a Mejor Novela Histórica 2015; y 'La ciudad', con la que completó esta joya de literatura medieval. 

'El monasterio' describe un asesinato en el monasterio de Santa María de Veruela, muy cerca del castillo de Bulbuente. De hecho, desde esta fortificación, siguiendo el sendero de los Caminos del Alma, el mismo que utilizaban los monjes, se puede llegar al monasterio. El castillo de Bulbuente era realmente un monasterio cisterciense, el primero de Aragón, donde los monjes elaboraban vino, azulejos y otros productos.

La publicación de otro de sus éxitos, 'El mercader de libros', coincidió con la irrupción de la pandemia, en marzo de 2020, y logró que se agotase on line. Su protagonista es Hernando, el hijo que Cristóbal Colón tuvo antes del matrimonio y cuya mayor ambición era hacerse con la mayor colección de libros del mundo con el fin de extraer y ordenar todo el saber que contienen. En Bulbuente escribió también 'El cirujano de almas'. De este castillo le inspiran especialmente sus torres. En silencio y sin cobertura, encuentra el recogimiento que necesita para escribir.

En el castillo de Grisel, convertido en 2014 en otro hotel con encanto que él mismo dirige, Zueco encuentra también muchas de las localizaciones que necesita para sus obras. "Es una fortificación del siglo XIV con muralla perimetral. Tenía ocho años cuando mi tío adquirió la propiedad y desde entonces seguí de cerca las obras. Hoy está declarado Bien de Interés Cultural". 

Este castillo enseguida pasó a depender del Cabildo Catedral de Tarazona y se le dio un uso residencial. La capilla se ha incorporado como salita de estar a una de las suites, y conserva toda la estructura del almenado. En la reconstrucción encontraron bolas de cañón incrustadas en los muros de la Guerra de Sucesión, cuando un grupo de tabuenquinos tomaron el castillo y lo defendieron del ataque de los borbónicos. "Creemos que es parte de Grisel y, desde que terminaron las obras, el castillo ha sido escenario de conciertos, exposiciones y otros eventos culturales, además de alojamiento turístico", explica. 

Una torre para su hija, Martina

Tanto el de Grisel como el de Bulbuente son castillos repletos de libros y de historia. Zueco vive en este último con su mujer, Elena, y la hija en común, Martina, que nació en 2020. Elena es vallisoletana y, antes de trasladarse a las tierras del Moncayo, trabajó en Bélgica y en Madrid como responsable de marketing de una multinacional francesa. Según nos cuenta el novelista, se ha adaptado a esta forma de vida tan llena de encanto. La niña ya tiene una torre medieval en el castillo de Bulbuente con su nombre. Con tres saeteras para la defensa, una ventana del siglo XIII y una bóveda de seis metros de altura, es uno de los espacios de mayor valor arquitectónica. Crecerá con el privilegio de verse rodeada de grabados de Goya, óleos de Luis Feito o Vera, muebles de época y, por supuesto, muchos libros.

Zueco se levanta temprano y escribe desde las seis de la mañana hasta mediodía. A veces incluso se va de un castillo a otro con sus documentos, libros y mapas. "Vivir en un castillo es fascinante -reconoce-. Me da los espacios que necesito para escribir e inspirarme. Necesito moverme por todas las estancias mientras trabajo. También es verdad que la vida en un castillo requiere un desembolso continuo y muchos cuidados para su perfecto mantenimiento, pero es un compromiso asombroso con la cultura, la historia y nuestro patrimonio".

El hechizo de la mora convertida en piedra

No sabe si realmente hay algún fantasma merodeando, pero lo que sí garantiza es que sus paredes rezuman muchas leyendas. Por ejemplo, la de la mora encantada, en el castillo de Bulbuente.Cuentan que una joven musulmana se enamoró de un cristiano y el padre, enfadado por no encontrar hechizo que acabase con la relación, acabó convirtiendo a su hija en una losa.

En España hay unos 20.000 castillos, aunque de algunos casi no quedan ni los restos. Según la Asociación Española Amigos de los Castillos, que conserva y defiende este patrimonio artístico, cultural e histórico, el inventario de los que siguen en pie supera los 10.300. Muchas de las personas que piden alojamiento Grisel o Bulbuente son lectores de los libros de Zueco que tienen ocasión de conocer al autor y revivir sus páginas en los mismos enclaves en los que se escribió. "Otros huéspedes han leído mis obras, pero no saben que su anfitrión en el castillo es el propio escritor", nos cuenta este escritor para quien un día de poca creatividad se soluciona paseando y dejando que sean los muros los que relaten sus propias historias.

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